Por: Carolina Herrera
En una época en donde nadie quiere amar, pero sí sentirse amado, el cuidar y querer terminan siendo un acto de valentía.
El amor dentro de una sociedad contemporánea se ha vuelto frágil, efímero y fragmentado, nos mantiene hiperconectados en redes y pocas veces conectados en la vida real.
Debido a nuestra naturaleza, buscamos conexiones y vínculos, sin embargo, ¿qué tan dispuestos estamos a querer comprometernos o vincularnos desde un lugar genuino, sin querer renunciar y huir cuando amar implica ceder e incomodarnos de vez en cuando?
Y no me refiero a vínculos desgastantes en donde amar implica dejar de ser nosotros mismos y generar dependencia.
Hablo, más bien, de la pérdida e incapacidad para vincularnos que nos ha generado las redes; el hacernos creer que tenemos opciones infinitas de individuos , y que al igual que un objeto, somos comparables, reemplazables y desechables.
Buscamos diferentes opciones: personas que se adapten lo mejor a nosotros en la medida de lo posible, sin traumas, sin pasado, sin defectos, y aquí es donde deseo que nos planteemos una pregunta incómoda, pero necesaria, ¿realmente estamos eligiendo a un ser humano? ¿O estamos buscando una versión idílica, algo más bien funcional, perfecto, que pueda satisfacer nuestras necesidades y carencias?
Esta idea ya fue planteada en el libro “Amor líquido” de Zygmunt Bauman, donde nos dice que el amor actual se ha vuelto frágil, y que construir relaciones o vínculos se ha vuelto un reto para la sociedad actual.
Por otra parte, nos dice que las aplicaciones de citas y la revolución de la tecnología han traído problemas a la manera en cómo nos relacionamos, ya que las conexiones por estos medios suelen ser de fácil acceso y salida, algo que suele generar sensaciones efímeras de gratificación.
Sin embargo, estos estímulos suelen presentarse de forma inconsciente e intermitente. Por ejemplo, si hablamos de la experiencia de conocer a una nueva persona, nos genera inquietud por ser algo desconocido.
Dichos estímulos suelen ser adictivos y buscamos replicar repetidamente la misma sensación cuando se acaba, lo que genera una tendencia a buscar diferentes personas cada cierto tiempo después de que la “novedad” pasa. De esta manera multiplicamos contactos, pero debilitamos los vínculos.
Entonces, cuando tenemos un vínculo sano y estable, la sensación de bienestar suele ser prolongada. Tal vez no de forma intensa, ni altamente estimulante; pero sí más constante, lo cual suele traer mayor estabilidad emocional a un individuo.
De acuerdo a Bauman, los seres humanos sentimos una necesidad intrínseca y casi desesperada por vincularnos, sin embargo, en la práctica se vuelve complicado porque relacionarnos siempre implica un riesgo que puede costarnos trabajo asumirlo, sobre todo si hablamos de establecer relaciones a largo plazo, ya que comprometerse en una relación por mucho tiempo suele percibirse como la pérdida de “libertad”.
Con la pérdida de libertad en una relación me refiero a que los vínculos siempre conllevan una responsabilidad y evitamos ese compromiso por eso, entonces buscamos una autonomía que nos permita no involucrarnos demasiado.
En pocas palabras, buscamos vínculos que sean flexibles.
Tal vez el problema no es nuestra falta de opciones, sino nuestra incapacidad para sostener vínculos. De esa manera solo tendremos momentos efímeros de conexión, y disfrazaremos la soledad en libertad.
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