Por Berenice Abigail Rosales Cervantes
Moreno el reflejo de mi piel en tus ojos,
Aquella piel que alguna vez dijiste amar,
Áridos orbes ardientes pero helados cuan brisa marina.
Lágrimas de océano pacífico salino, a punto de desbordar.
La Cruz en mi pecho se vuelve cada vez más dolorosa,
El silencio de tus palabras corona la cumbre de mi mente,
Deseo decir tu nombre, de eso solo el viento es consciente.
Visible desde cualquier punto; implacable, el dolor permanente.
Coloso abismal de ecos que desgarran castillos de arena,
en el vacío de tu adiós, la incertidumbre de tu desdén.
Sin renombre la ausencia de tu amor es mi propia condena.
Violentas palabras prevenibles, futuro cimentado en…
Irónico Paranal de flores marchitas y pastizales secos.
Cada estrella llora su lamento y mi ser se desvanece en cristal.
El sufrimiento de tu olvido, tormentoso, pero deja huecos.
Plantas semillas para enredaderas de espinal.
Lugar donde la sombra se encuentra con el agua,
Donde el cobre guarda mi desdicha,
Mi corazón se desangra en la plata, en el desamor
y la figura de un corazón, de tu ausencia predicha.
En la sombra, en el silencio, en la profundidad,
en la cumbre, en los recuerdos, en la realidad,
los cerros de Antofagasta guardan mi dolor,
en el desamor que me causa tu adiós, sin pudor.
Hijo de Pedro, hijo de Domingo, Jesús, Dios, tú sabrás.
Infame pecador de tus propias acciones.
Traga tu tiempo, tu arena, tus palabras,
cada una de tus mentiras y promesas vacías, macabras.
Eres el monstruo que vive en las ruinas del Huanchaca.
La mancha negra que ahoga los cerros por las noches.
Los lamentos contenidos de todas las veces que de ti me he enamorado.
Un escenario vacío en medio del desierto, sin audiencia, desmoronado.
Y desde el cerro bola, te mando a chingar a tu madre.
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