El diablo

Por Jeziel García

Se despertó como cada mañana cuando el viento aún hiela un poco la sangre y comenzó la misma rutina de hace más de 60 años. Parecía que en toda su memoria no había presencia alguna de recuerdo y esto lo llenaba de gozo. Salió de su casa dorada, como la nada de aquellas tierras solitarias y cariñosas que siempre amó. Sabía que amaba la tierra bajo sus pies desde el momento en el que violentamente había salido del cuerpo de su madre que ahora llevaba años muerta, al igual que Margarita; la extraña mujer que lo acompañó cuando aún era un joven adulto, la que había tenido la idea descarada de pintar amarilla la casa y usar vestidos azules cada domingo. Así lo dijo y así sea por toda la eternidad.

Ya había alimentado al hato de manchados cerdos, había preparado y regado la siembra de avena y arroz. Ahora se encontraba recolectando con delicadeza los rojos tomates mientras el sol de la tarde ilumina su acaramelada y arrugada piel acostumbrada. Hoy se sentía feliz, con la astucia y emoción de joven, así que buscó la botella que guardaba ya vieja de la que caían luminosas telarañas, le dio un buen sorbo y volvió a guardarla. “Como micrófono para borracho y como remedio para el enfermo”, dijo con la mano en el pecho y la excusa en la coronilla de que Dios lo dispensara por ello. Sabía que a pesar del hermoso cielo azul y la brillantez del mundo no lo hacían del todo un buen día. Al finalizar el trago se dio cuenta, esta vez olvidó cosechar los chiles verde esmeralda que, como todo en ese terreno brillaba a la vista ¿cómo era posible que después de 60 años siguiendo su rutina lo haya olvidado? Entonces el licor le supo a miel y se enjugó los labios. Tenía que tomar una decisión.

Llegada la noche le pareció que las estrellas se acomodaron de una manera diferente e incluso llegó a creer que si las estrellas no se movieron solas, había sido él quien se había movido de lugar. Le parecía tan extraño todo aquello, sin embargo, lo creía y era poco lo que le angustiaba. Si hubiera llevado consigo algún artilugio que dice la hora, hubiera rechinado al percatarse del tiempo que gastaba al día mirando un punto fijo, que cada día se habían extendido hasta llegar a tres horas inmóvil, como un cuerpo vacío. Miedo hubiera causado si algún ser racional lo viera: viejo con los ojos grandes y bolsas arrugadas, su cabello no tenía canas y eso era porque le gustaba verse decente incluso en esa soledad cálida y se las pintaba con cáscara de nuez casi tres veces a la semana, sólo porque sí, sólo para asegurarse para aquel día en el que el diablo bajara del cerro lo encontrara pulcro y guapo. Sabía que fuera como fuera podría ganarle a hasta un oso y con mucha más razón al diablo, o al menos eso es lo que creía.

Llevaba años solo, sin alma humana cerca y así deseaba morir, por lo que no le resultó extraño cuando su cabeza maquinaba nuevas formas de vida amorfa que se dedicaban a pensar sobre su frente. Comenzó a creer entonces que el diablo estaba definitivamente cerca pues los tomates a pesar de ser tan hermosos sabían ligeramente pasados. Esto le recordaba que tenía tomar una decisión. Parecía que la tierra le estaba chupando la memoria y cada recuerdo se mostraba más borroso, por lo que tenía que ser una decisión rápida y concisa.

Si su memoria desaparecía, Margarita también lo haría, por lo que ese día, después de su cacofonía diaria, decidió revisar las pertenencias de Mar, que permanecían intactas en la habitacion. Sentía que aquella era la primera vez que las miraba. Encontró una pequeña caja que guardaba papeles con notas y cartas de la vida de Mar, había versiculos de la biblia y notas en ese papel de punteado morado que él bien recordaba que le gustaba y que incluso llegó a comprarle paquetes, cartas de su prima, recetas de cocina escritas por su querida madre.

Rápidamente reconoció aquel papel sangrado por su tinta tropesuda, tomó el primer papel que se asomaba y leyó: “Mi Mar querida…”. Ésta era una carta escrita por él, pero es lo suficiente intima para no compartirla y lo bastante bella como para verla repetirse en la mente entre fibras irreales y toscas, pensó él, por lo que simplemente se complace con sonreír y seguir viendo. Casi al final notó una carta escrita por ella sobre sus graciosos puntos morados. Se había sentido tan parte de cada recuerdo guardado que lo siguiente de verdad no le gustó nada, pues terminó turbando su alegría y leyó confundido “Siempre fuiste un producto de la poesía simple del nuevo mundo y como un niño ingenuo te entregaste al mundo y no sólo al mundo, también a mí, prometiendo ser el cuidador de corazón que no necesito. Ambos estábamos solos como búhos a la defensiva después del terrorífico choque de desunión. Éramos jóvenes y pobres y, sin embargo, siempre conseguimos suficiente para saciar nuestros vicios y no fuimos más que eso, que la compañía en el ruidoso silencio de invadirnos en nuestras mentes ruidosas, nunca lograste a pesar de ello trastocar mi piel cromada en melancolía. Compraste un camioncito y abriste un puesto de tacos a la esquina de mi trabajo, para poder atender rápidamente los delirios de mi mente disfuncional. Si en algo nos parecíamos era en eso; éramos bastante sensibles y nuestra única compañía eran las voces, pero tú eras sólo un niño jugando con vocales y yo rimo al verso y coloco el punto después de la acción…”

Estaba realmente acomplejado, esta era la letra de su querida Mar, estaba seguro de eso, pero estaba seguro —hasta este momento— de haber sido el único hombre en la corta vida de su mujer de ojos lagañosos, así que dolido y confundido siguió leyendo la carta. “Te juro que no serás el primero ni el ultimo, eso te dije, te lo dije muchas veces para que no dejaras escapar una fonología deforme entre nuestros dedos, debo admitirlo, creí ver al diablo escondido en tus ojos, como juró haberlo visto en todos los hombres, que terminan doblando la página donde escriben para simular una hoja en blanco. Sí, Julián, juré que eras uno de ellos, pero no me culpes a mí de eso, sino a los propios hombres que entregan el corazón por la carne, que ya había acostumbrado usar instintivamente a mi favor…”

¿Quién chingados era Julián? No podía ser posible, su realidad había comenzado a deformarse y ahora se daba cuenta de que ese ambiente vivido tal vez nunca fue una realidad. Mar y él se habían casado jóvenes y su tiempo en la ciudad antes de aislarse al del mundo había sido poco. Ese tal Julián estuvo cerca de Mar al mismo tiempo que él, no cabía duda, sin embargo, no había escuchado a su esposa tan clara en el papel como en la realidad y aquel egocentrismo poético le recordaba su vida con ella, así que continuó leyendo: “Lo que no sabes, Julián, es que todo ser femenino es respetado y tomado en cuenta sólo si causa un movimiento inconsciente en sus cabezas, las cabezas de ellos. Uno se acostumbra y se acopla, Julián, a lo que tiene que vivir. Si quería distraer mi cabeza depresiva debía sujetarme de cualquier mano que pasara cerca y, como lo más seguro era que se tratara de un hombre —lo más seguro es que se tratara de un hombre malo, como lo son todos— lo sabes, Julián, siempre he sido muy pura, pues nunca tuve maldad en mis palabras o acciones, pero resultó que, aunque no deseaba guardarte en mi alma, te quise, porque resultaste un niño en el mundo adulto, así como yo misma. Aunque es cierto que nunca extrañaré la musicalidad de tus palabras y que nunca, ni una sola vez, miré tus ojos para conocer su color, ni me interesó hacerlo y cuando te fuiste de la ciudad sin palabras, supe que fue mi culpa, que rompí tu infancia para que la reconstruyeran como pudieras y entonces lo noté ¿sabes? que cualquiera puede dañar sin querer hacerlo y que, sin quererlo me convertí en uno de ellos, saliendo con fortuna, mucha más de la que tú tendrás y lo siento, sólo eso”

Al final de la nota firmaba como “Margi”. Era seguro que lo había escrito una Margarita, una Margarita que creció en la ciudad y que vivió en su casa, pero extrañamente no sonaba como su querida Margarita y nunca nadie se refirió a ella como “Margi”. Era bastante extraño y sintió como un turbulento aire le detenía la garganta y las letras de la carta pasaban a convertirse en pictografías antiguas, deformes y desconocidas, hasta que llegó a pensar que era un error, una equivocación. Esa carta llegó por accidente a Mar o algo parecido, sólo eso podía ser, pero sólo se dio unos segundos para pensar esto, pues rápidamente se percató de que todo parecía extraño, no reconocía la madera que el mismo talló cuando la trajo a casa, ni reconocía el bordado de las cortinas verdes que ella hizo hace años y que él nunca había quitado. Todo parecía tan irreal, era bastante curioso entonces mirarse al espejo, pues sentía que ni siquiera reconocía aquel rostro que había visto desde que tenía uso de razón y que, por lo tanto, debería conocer a la perfección. Simplemente no entendía la realidad, aquella realidad que había sido sólo suya. Conoció a Mar a los dieciocho; era pulcra, hermosa y pura de corazón. Nunca percibió maldad en aquella mujer que le duró poco, pero que fue la única que se desenvolvió pensando esto y creyó que aquella realidad irreal había sido sólo un susto, pero el susto fue cada vez más grande porque creía conocer cada respirar de esa mujer a la que aun muerta dedicó su vida y no quería perder aquella poca memoria que le quedaba y que alimentaba la existencia de ella. Pero ya no lo sabía. Aquello distorsionaba tanto la realidad que no podía ni siquiera entenderse a sí mismo, no entendía como su cuerpo respiraba por inercia ni como su cuerpo respondía al deseo de levantarse de la orilla de la cama, pero lo hizo, se levantó, sabía que su memoria moría más rápido que su piel, así que tomó su Kar 98 que modelaba eternamente en la sala de su casa, se colocó una funda con cuatro cuchillos de caza de abrillantado mango de madera, se peinó las canas pintadas de nuez, se vistió para la ocasión y caminó hasta el cerro, allá donde se decía que vivía el diablo, era momento de matarlo.

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