Cuento por: Alejandra Rodríguez
Llegas a casa más tarde de lo esperado, estás cansada, fastidiada, tan solo quieres recostarte aunque sea por unos minutos. Miras a tu alrededor, azotas tu pie contra las baldosas, de nuevo la empleada doméstica no fue a trabajar. La casa es un desastre y no puedes descansar en un lugar así. Comienzas a enojarte, el color sube a tu rostro, ahora estás enfadada. Te quedas quieta en tu lugar, pronto comienzas a caer dentro de un agujero de sentimientos.
Enojo. Ira. Odio. Debes relajarte, quizás ella enfermó, no debes ser tan dura.
Tranquilízate. Te percatas que la taza en la que bebiste por la mañana sigue intacta sobre el comedor. Respiras profundo, sientes como te palpita la sien. Caminas hasta el comedor y tomas la taza, aún contiene el amargo líquido que no pudiste beber por la mañana. Te sientes asqueada; aun así decides beber el contenido ya que no es tiempo de desperdiciar, al menos no ahora.
Subes a tu habitación de forma mecánica, tus días son monótonos, siempre haces lo mismo, tu vida comienza a aburrirte. Suspiras; empujas la puerta de tu habitación y entras en ella mientras das un sorbo a tu bebida, una mueca aparece en tu rostro, pero sigues bebiendo, te mentalizas para echarte en la cama y quedarte dormida, incluso sonríes al ver la cama, estás a punto de hacerlo hasta que la ves.
No habías notado su presencia hasta ahora, ella está ahí parada observándote
fijamente, el color vuelve a subir a tu rostro y te preguntas si hiciste algo para merecer esto. No. Definitivamente no.
Decides confrontarla.
Ella arruinó tu vida.
Ella no merece estar aquí.
—Vete.
Murmuras iracunda al mismo tiempo en que caminas con vehemencia hasta
quedar frente a ella. Ni siquiera se inmuta, tan solo se queda ahí parada sin hacer nada.
—¡Vete!
Ahora lo gritas. Te encuentras desesperada, sientes tu cuerpo caliente. Tus manos comienzan a temblar. No soportas verla ahí, necesitas que se vaya. Aprietas la taza entre tus manos, ni siquiera te diste cuenta que el líquido había caído. Ella aún no se mueve, sigue estática viéndote fijamente.
No entiendes porqué te atormenta de esa forma. Por ella te despidieron de tu
trabajo. Por ella te encuentras en la quiebra. Por ella cada uno de tus días es más
miserable que el anterior. No hay mal que no sea por ella, incluso perdiste al hombre que amabas, perdiste a tus hijos.
El enojo nubla tu vista y la presión en la taza se vuelve mayor. Te das cuenta que
ni siquiera vale la pena gritarle.
Abres tu boca.
Quieres decir algo. El enojo no te deja pensar con claridad así que mejor la cierras.
Notas que ahora ella se ve asustada, vulnerable. No te importa. Ya te has vuelto
indiferente ante lo que sienta. De nuevo abres tu boca. Esta vez escupes veneno.
—Te he soportado por años. Ya no más. No traes beneficio alguno. Eres baja y
regordeta. Te la pasas llorando por todo. ¿Acaso te afectó la muerte de tu estúpida madre?
Patético. Como si a alguien realmente le importara. Hazle un favor al mundo y vete.
Nadie te quiere cerca.
Tus palabras fueron duras, frías, llenas de odio. A ella ni siquiera le importa, sigue en su lugar sin hacer nada. El odio incrementa. Realmente la odias. No sabes qué hacer y eso te pone mal. Sigues apretando la taza, pareciera que esta pudiera desaparecer en cualquier momento ante tanta presión.
—Te odio.
Ya no andas con rodeos.
—¡Te odio!
El sentimiento te inunda por completo.
—¡MALDICIÓN, TE ODIO!
Comienzas a llorar en silencio, odiando al ser que se encuentra frente a ti. Te das cuenta que a ella sigue sin importarle. Aunque más cínica no puede ser, ahora se encuentra llorando contigo. Piensas que es manipuladora y un pensamiento más negativo que el odio corre por tu mente. Vas a matarla.
Dejas de presionar la taza. Ni siquiera sabes por qué lo haces.
La odio.
Lo repites una y otra vez en tu mente así el trabajo será más fácil. Impulsas tu
brazo derecho hacia atrás mientras sostienes la taza. Lanzas un golpe, le das directo a la cabeza. Tu respiración se agita mientras escuchas como el vidrio se rompe y cae al suelo.
La taza esta afilada, ni siquiera lo piensas, impulsas nuevamente tu brazo. La apuñalas justo en el vientre.
El odio te tiene cegada, observas la taza, pareciera que llora sangre. Le das otra
apuñalada. Un grito de dolor inunda la habitación.
Por fin sería su fin.
Tú fin.
Bajas tu mirada. Te das cuenta de lo que hiciste. Tus rodillas fallan y caes al
suelo, sientes como la taza entra más profundo en ti.
Te duele, te odias, lloras.
Cierras tus ojos, el tormento se termina; felicidades, erradicaste el odio a tu
persona.
Felicidades, ahora estás muerta.
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