Por Mariana Rosas
Desde hace más de un mes la fiebre rosa se nos ha metido por todos los campos visuales posibles, incluso auditivos, pues en nuestras pláticas aparece como un fantasma recién convocado por la ouija. Se han dicho comentarios como que no podemos exigirle demasiado a la película de una muñeca, sin embargo, esa muñeca nos ha brindado una crítica social bastante fuerte que se nubla con nuestros sesgos.
El filme nos presenta un sinfín de realidades que van desde la humanización de Barbie hasta sistemas estructurales representados por el matriarcado y patriarcado, tomando a este último con una realidad fuera de lo ficticio, la cual cambiará por completo la dinámica de Barbieland.
Desde un inicio, la sátira a lo preestablecido se nos presenta con gran ingenio: niñas jugando con muñecos en forma de bebés, quienes al observar al icónico juguete abren los ojos y comienzan a destruir a sus hijos ficticios. Esta escena, que para muchos significa un rechazo a la maternidad, tiene un trasfondo completamente distinto. Representa la oportunidad de soltar una visión maternalista de la realidad femenina para darnos cuenta, a regañadientes, que somos más que un vientre gestante. Una realidad inculcada desde la infancia, dotándonos de la idea perpetua de que estamos hechas para cuidar y consentir, para proteger y callar.
Sin embargo, a pesar de esta representación y rompimiento de paradigmas con raíz en Barbie, antes de encaminar su aventura hacia el mundo real ella y otros modelos de su misma especie comienzan a alabarse argumentando que no pueden esperar a los agradecimientos de todas las niñas. Como era de esperarse, la situación fue otra.
Desde los inicios se nos deja claro que un juguete como este no ha cambiado nada. Aunque haya una Barbie presidenta no significa que nuestra vida dentro de la esfera política tenga la misma visibilidad que la de la población masculina; aunque haya una Barbie abogada no significa que tengamos el mismo campo laboral dentro del mundo judicial. Son simples etiquetas que nos inspiran a soñar, sí, pero como lo son los sueños, sólo están en el ideal.
La manera en que Greta Gerwig aborda este tipo de temas es a través de un espíritu, en completa esencia, satírico. Desde la exageración desbordada de los roles que tienen los juguetes hasta la ridiculización de la masculinidad tradicional en el momento en que Ken conoce al sistema patriarcal, hace de este filme una maravilla. Los momentos donde el personaje de Sasha toma su papel de adolescente castrante para escupir críticas breves, pero certeras sobre la estructura que nos corroe son maravillosos; incluso, cuando se salva a Barbieland del funesto Kendom realiza una observación fenomenal: “La blanca salvadora”.
A pesar enlistado anteriormente, el final resulta completamente destacable. No se habla de un matriarcado ni un patriarcado dentro de él, más allá de la comprensión de que en el mundo real lo que domina es el segundo y por tanto Barbieland sólo funge como un mundo de fantasía donde las mujeres tiene el poder. El mensaje se dirige a las ideas de lo individual y las etiquetas estereotípicas que nos marcan. Barbie invita a Ken a encontrarse a sí mismo. Le revela que es más que su nombre y su personaje —subrayando, también, la referencia contrariada a la creencia cristiana sobre que la mujer viene del hombre, pues Ken surge a partir de la idea de la muñeca—, y que no necesita estar subyugado a otro juguete, pues él es suficiente. Lo mismo ocurre con ella. Quiere ser la creadora, no la creación. Después de descubrir el arte de llorar y comprender lo que significa tener una vulva, decide convertirse en humana y el primer paso para esto es conocer sobre su salud sexual, algo que para una muñeca resulta imposible, pues no tiene genitales.
Sin duda alguna, Greta Gerwig nos ha propiciado una creación maravillosa, llena de referencias cinematográficas, actores y actrices espectaculares y material digno de analizar. Sobre todo, abre de una manera muy particular el debate en temas de feminismo y nuevas masculinidades dentro del público más conservador: los padres de familia que llevaron a sus hijos ignorando la premisa de que no es dirigida a infancias y entre aquellos hombres cuya masculinidad y existencia se vio profundamente afligida.
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