Moda, identidad y la fragilidad del yo

Por Carolina Herrera

¿Qué tan auténtica puede ser nuestra identidad en un mundo que está en constante cambio, en donde las redes sociales, nuestro círculo social, creencias y cultura tienen influencia total sobre ella?

La identidad es algo que no elegimos conscientemente, aunque solemos convencernos de que es así, pues nos ayuda a no perdernos: suele ser como una brújula en nuestra vida, además de brindarnos una sensación de seguridad, ya que nos da un sentimiento de que nos conocemos y pertenecemos.

En realidad, eso a lo que llamamos “identidad”, es una combinación de nuestras experiencias, creencias, cultura e incluso elementos banales como los algoritmos que nos rodean en esta época que mercantiliza nuestras propias experiencias.

La manera en que nos vestimos está totalmente conectada a lo mencionado anteriormente. Cuando tomamos la decisión de vestir algo, no es porque sea nuestra esencia más “pura”, ya que aquello a lo que llamamos “auténtico” se vuelve debatible y un concepto líquido cuando nos cuestionamos porqué decidimos vestirnos de la manera en que lo hacemos, pues la mayoría de nuestras ideologías nacen de conexiones de personas que ya conocemos o de personas que seguimos, y nosotros adoptamos su manera de actuar, vestimenta e incluso hasta sus ideas con la finalidad de sentirnos parte de un “algo” o conectados de alguna manera a eso en cuestión.

Según el filósofo Alexander Douglas, nuestro autoconcepto no es más que una extensión de otras personas hacia nosotros mismos. Desde la perspectiva de la moda, puede entenderse que lo que decidimos vestir día con día deja de ser una decisión pura y se convierte en un lenguaje que creamos a partir de experiencias, creencias y nuestra propia cultura.

Por lo que podríamos decir también que es un lenguaje compartido, más allá de ser uno individual.

Nuestro discurso visual se vuelve un reflejo de las personas que influencian nuestra vida, un reflejo también de las creencias que seguimos, la cultura en que vivimos, entre otros factores.

Douglas menciona que la idea que habitamos de nosotros mismos no es algo que sea estático, es decir, no cree que sea algo que no se transforme con el tiempo; y aquí quiero ser muy puntual, pues la mayoría del tiempo nos han hecho creer que una vez que construimos nuestra identidad, difícilmente algo la hará cambiar y que será algo permanente.

Sin embargo, dicha construcción puede verse en transformación continua con el paso del tiempo. Y no significa que dentro de ese cambio nos traicionemos a nosotros mismos; significa que somos capaces de estar en constante evolución y transformación de acuerdo al entorno en donde nos desarrollamos, las cosasque consumimos y los distintos cambios que enfrentamos en nuestra vida.

Nuestra manera de representarnos ante la sociedad no es algo fijo y, si no lo es, entonces nuestra manera de vestir tampoco lo será.

Tal vez buscar esa autenticidad nunca será legítimo en mundo que se transforma constantemente, y solo podremos encontrarla en el cambio. Douglas nos dice también que la sociedad tiene una manera muy hegemónica de pensar, y todo lo que nos resulta contrahegemónico (término acuñado por el filósofo y teórico marxista Antonio Gramsci en la década de 1930) puede darnos una sensación de rechazo al inicio.

En mi opinión, es algo en lo que estoy de acuerdo, y podemos verlo en los cambios recurrentes en tendencias con respecto a la moda; al principio podrían resultar extrañas algunas tendencias, ya que no encajan con el estándar, sin embargo, cuando un grupo mayor de personas las adopta, se vuelve algo aceptable y hegemónico socialmente, y podemos tomarlas como referencia de nuestra identidad.

Bajo esta idea, podemos concluir que los seres humanos no somos una definición fija, sino más bien seres evolutivos que se adaptan y se transforman bajo distintos contextos y dinámicas sociales.

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