Por Abigail Rosales
El sol abrasa con un abrazo incómodo y sudado.
Arrasa con todo, quema mi piel
hasta la planta de mis pies.
Se derriten en cada paso, dejando atrás una grotesca plasta de sangre y músculos que se adhieren al pavimento.
Tal como si se me hubieran salido los calcetines,
se me salen los huesos desde el tobillo cuando se deshace la carne.
Piso algunos vidrios, pero ya ni siquiera los siento.
Son de varios colores,
decir que quizá no fui yo la culpable, miento.
Tal vez vienen de alguna cerveza que pude echarme.
Sudo hasta que ya no puedo más,
Hasta que pareciera que polvo brotara de mis poros.
Cualquier otro se hubiera dado ya por vencido.
Pienso, al menos formo parte de los que aguantan, que somos muy pocos.
Sigo avanzando, la luz crea un confuso espejismo.
El oscuro asfalto se ve tan brillante y tan blanco que pienso me podría echar un chapuzón ahí mismo,
en esa agua tan cristalina, tan reflectiva.
En cuanto salto, desaparece y me parto la cara en el suelo, otro momento donde no he muerto, así que me siento viva.
Un calor doloroso, como si desde dentro te inyectaran con el dolor más hirviente.
Mi mirada se vuelve carmesí con las gotas que se derraman de mi frente.
La respiración es densa y sofocada.
Aunque respires lento es como si nada de aire entrara. No sé qué es lo que yace en mis pulmones,
más que calor y probablemente
fuego vivo de a montones.
Me marea y de a poco,
la acidez hirviente de mi estómago,
juguetea ahogándome en su ardor,
sube hasta el esófago.
Para darme un beso de amor.
Todos mis adentros se vacían,
ya no sé distinguir si me siento mejor o peor.
¿Esto es lo que el sol ansía?
¿Mi muerte lenta, patética y vacía?

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