Cualquier día del miedo

Me invadió el miedo. Saqué cita médica con el especialista y leí la justificación: dolor precordial intermitente. Busqué en google si me podía morir por esto y pasa que, hay bastantes causas; me puse a llorar en cuanto ví las graves, luego me calmé porque en general no es nada complicado. Me dí a entender con la lectura que puede que tenga que hacerme más exámenes porque, ante una molestia de esas, es mejor ponerle cuidado. Quiero vivir, realmente lo quiero, y esto me jodió. Sé que puede ser muscular por mi ansiedad e imaginación catastrófica; pues es la razón más normal: los jóvenes se asustan más por el dolor que los mismos médicos. Conclusión: los casos en jóvenes son más psicogénicos. 

Le ruego al universo que me deje hasta los 75 años que proyecto en mí.

Así que, estoy leyendo ahora mismo un documento que explica científicamente mi situación para escribir de manera adecuada el tema que quería tratar… Me quiero, creo que soy una ahora mujer indefensa que se necesita para conocer por absoluto su alma. Leer la parte grave de las causas me encierra en el terror cósmico. 

En el documento hablan del electrocardiograma (me hice uno) y cómo él en vez de ser una herramienta útil, aumenta la incertidumbre y las confusiones… [AAAAAAAH]. Encontré algo interesante en el documento: es posiblemente común despertar con un dolor precordial acompañado de una sensación de disnea y sensación de angustia (que nace cuando pienso que moriré). Me habló de mí aquellas palabras de ciencia. Las causas psicogénicas se deben a los hábitos del jóven o los factores que le rodean (¿creo?) y son: el gym, las sustancias psicoactivas y el café o bien energizantes. Y ante todo esto, el estudio debe ser detallado para que NOSOTROS NO PENSEMOS QUE ESTAMOS MAL Y QUERAMOS LLORAR TODA LA VIDA POR LO INJUSTO QUE RESULTA.

Es mejor que no tenga expectativas, hacer lo que tenga que hacer e ir viviendo en el proceso.

Ahora sí, comienzo. Si los temas densos evitan mi angustia por mi salud, mejor dejarlos atrás. 

Descripción de los hechos:

El lunes le escribí a Andrés casi a las veintitrés horas, al parecer me contestó de inmediato, pero yo falseé con una película. Instagram no me avisó y cuando abrí la app, lo supe. Le escribí: “cómo has estado?”. Me respondió a la mañana siguiente como a las once de la mañana; previamente estaba acostada pensándolo mientras hacía las cosas cuando uno está agripado. Llegó la notificación del logo de instagram y lo supe: yo no estaba hablando con nadie más. Eliminé la notificación sin leer el mensaje porque una sensación indescriptible me invadió. Pensé bastante y abrí el mensaje…

Mis ojos no dieron espera y se cargaron de lágrimas fluidas. Me sorprendí, porque en ese “anoche” yo no estaba siquiera nerviosa (grité cuando supe que me respondió, pero no me consumí, ¿a quién le creo?). Lloré de felicidad: “he estado mejor”, de parte suya: me sanó la preocupación por su vida en riesgo que conocí en el pasado. No pude responder rápidamente porque mi llanto se extendió en una leve hiperventilación y aclaración por la vida. Son experimentaciones únicas y cegadas. Entonces contesté directamente el propósito de mi contacto. Cada vez que él respondía, una nueva forma de respirar se presentaba en mi cuerpo: hasta el aire tenía miedo

Lloré ante un sentido primario. Me pidió claridad, cosa que yo debí exigir cuando me dijo que quería hablar conmigo y que también quería ser sincero, y… ¿Cabe mencionar que esos mensajes suyos fueron los más impactantes? Quedamos en vernos, cuando se sintiera mejor. Otro “no sé”. Me siento tranquila actualmente, si soy honesta, porque las cosas deben tener un orden… agradezco que me haya dejado en visto porque al final del día, él tendrá que… Previa a la culminación, me habló de su error, de su equivocación al hacer las cosas y yo le puse que lo sabía; respondió: “bien que lo tengas claro”… Ahí sentí de nuevo la pizca familiar de su personalidad. 

Más tarde, revisé la conversación y cuando usó “Laura”, estuve a punto de desmoronarme… así como cuando fuí consciente de que escucharé su voz. Hoy es cuatro de enero del 2025. No lo extraño. No lo pienso. Ya no tengo taquicardia.

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