Devoción, devoración

Por Berenice Abigail Rosales Cervantes

Si pudiera besarte,

devoraría tu alma con mis labios helmintos.

La posibilidad de mimar aquel cascarón cálido y vacío,

abandonado de cualquier ápice de cordura.

Rubores frenéticos de tus suaves y rosados morros,

arrancados a pedazos por mis dientes.

Exponiendo llagas rubí y fragante hierro cuando escurren en mí,

para saborear cada lágrima, lo haría.

Epitelio, lienzo de mi deseo, a punto de ser desgarrado.

Afiladas garras de mis zarpas, ferras artistas de senderos de fuego;

Mi territorio, posesión, obsesión, pasión, hogar y deseo.

Una polilla más en búsqueda de tu penetrante luz, sol iluminado.

Y si pudiera regurgitar todos mis sentimientos

dentro de ti,

sin permitir que ni una sola gota escurra de tu rostro.

Que tragues cada una de mis emociones,

obligando que cada brote de pasión, miel y la dulce sangre,

sean absorbidas en tus vísceras,

venas imbuidas por la letalidad de tan ruin brebaje

intoxicando por completo de mi devoción a tu encéfalo.

Lo haría.

Trichomona dedicada a jugar, lamer, morder y morder

hasta desgarrar tu lengua, en jirones,

devorarla vorazmente, hacerla mía,

burlándome de ti en tu propia cara,

hasta que se convierta en un montón deforme,

un residuo irreconocible de palabras.

Tu boca, cementerio de la cohesión, donde cada vocal deambula;

ahogadas en el macabro festín de satisfacción agusanada.

Incapaz de escapar danzas paganas que tañe junto mi papila.

Las sílabas, victimas sacrificadas en el altar de lujuria,

convertidas en el recuerdo de susurros asfixiados por el éxtasis,

enterrados en el sepulcro de mi pasión incontenible, que estrangula.

Si pudiera fundir mi cerebro,

para drenar y derramar cada una de mis elucubraciones unificadas

a tu cráneo; impregnando desde tu pabellón auricular,

para ahogar desde lo más profundo a ese caracol infernal,

permitiendo que resuene con ecos hasta tu raquis,

distribuyendo mis concepciones hasta tu sistema neuro cerebral,

lo haría.

Pero especialmente, si pudiera abrir tu tórax en dos,

cuan alas de mariposa; Heliconius erato, Papilio rumanzovia …

Serías una perfecta; carmesí, brillante, preciosa,

arrasada por parásitos antes de volar;

nematodos, cestodos, trematodos,

engullendo cada uno de tus órganos

uno a uno. Comiéndolos todos.

Hasta que queden solamente músculos, piel y huesos.

Desmantelando la jaula blanquecina que mantiene tu corazón cautivo,

con mis propias manos, hasta arrancarlo de raíz;

palpitante, rojo vivo de fuego, etéreo, punzante.

Entonces descansar dentro del vacío de lo que era tu pecho

y dormir plácidamente con tu corazón entre mis manos.

Si pudiera, eso y aún más, lo haría.

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