Por Andrea Monserrat Franco Rojas
Los medios de comunicación son objeto particular y ambicioso de las publicidades engañosas, de los modismos excluyentes y de nuevas semillas de clasismo, machismo, racismo y demás. Hablar de estereotipos con enfoque de género dentro de este campo despierta inquietud y revelo para sus creadores, no es una conversación sostenible a largo plazo pues en múltiples ocasiones quienes abordan este temario se vuelven líderes de un acto de rebeldía que libera a los oyentes, y bien puede tomarse por amenaza en los medios, afectando directamente las ganancias de estas masas.
El lenguaje, las imágenes, la forma de transmitir información, todos aspectos que se unifican para dar paso a esta problemática frente a la audiencia de manera indirecta, pues generalmente son rasgos que toman por sentado y se normalizan. La advertencia ha estado presente desde hace años, desde la sexualización de la mujer en programas de entretenimiento, viéndolo como habitual y siendo la audiencia masculina el gran porcentaje de las vistas, disfrazando actos de machismo detrás de la cortina de la comedia. Los estereotipos de género atacando de manera permisiva y directa a la mujer pasaron a ser parte del tradicionalismo de una sociedad en conjunto que asecha los diversos medios de comunicación con los que se crecen en un núcleo familiar común y que pasan de generación en generación haciendo más grande su consumo y globalizando la idea cada vez más.
El desafío de la mujer contra una idea, acción y actitud normalizada del machismo pasa a convertirse en una lucha diaria que conlleva desprecio, sometimiento y control de todo aquello que se considera como femenino, siendo visto como algo malo. En un mundo donde las oportunidades de empleo en grandes empresas se dirigen mayormente hacia el sexo masculino tomando por débil al femenino, se trata de un circuito de obstáculos para la mujer, donde corre y sobre pasa cada uno de ellos, y aun así, por la ideología que se tiene sobre el género femenino, encontramos a un hombre en el pódium colgándose la medalla. No se trata de simples ideas, ni de comedia en shows, ni de pintar como un fracaso laboral todo aquello en lo que una mujer en el mundo económico, político, deportivo o científico se vea involucrada.
Los prejuicios se ven incitados bajo la fina línea de parámetros cerrados que se enseñan en contra de la mujer, solo por ser mujer; se limita un escenario donde la representación femenina en los grandes campos laborales se reduce a un simple convenio que da por hecho una perdida en el mismo.
Intentemos desenmascarar estas ideas tradicionalistas y misóginas con las que el mundo a “evolucionado” haciendo saber que no hay valor que haga a un hombre ser más algo.
“Para su locura no existe entre nosotros otra camisa de fuerza más que la ley […] Todas las disposiciones legales que hemos ido elaborando a lo largo de nuestra historia tienden a establecer la equidad -política, económica, educativa, social- entre el hombre y la mujer. Y no es equitativo -y por lo tanto tampoco es legítimo- que uno de los dos que forman la pareja dé todo y no aspire a recibir nada a cambio.” – Rosario Castellanos, escritora
Desde la antigüedad se persigue una idea alimentada de falocentrismo, en palabras comunes y clave, como lo sería “histeria”, que proviene del griego “hysteria” que significa útero, término que acuñó en la Edad Media, adueñándose de aquel estado de neurosis que al parecer, las mujeres presentaban, por locura, por perder los escrúpulos delante de la sociedad.
Viendo la historia en retroceso, detallando el panorama y con delicadeza tomando una regla para medir cada acto de opresión del más mínimo al más expenso, podemos realizar que el desprecio hacia la mujer nunca ha tenido un punto mínimo, siempre va hacia un punto de inflexión, desde la madre con el dolor más puro palpitante en el pecho hasta la niña con ilusiones interrumpidas despiadadamente, y ni por piedad, ni de rodillas, ni con las cuerdas bucales desgarradas y suplicas de llanto y desolación, ha habido un momento en la historia donde la el mundo haya sido creado por manos de artistas femeninas, un mundo hecho para mujeres también.
Citando a Margaret Atwood, poetisa, novelista, crítica literaria, profesora y activista política: “Los hombres tienen miedo de que las mujeres se rían de ellos, las mujeres tienen miedo de que los hombres las asesinen”.
En un mundo humano la ironía y el cinismo son rocas sobre donde yacen los cimientos de un discurso pulverizante de odio, curioso caso, pues usualmente soy fiel creyente de la ironía y cinismo como maneras poco convencionales de dar un mensaje, o crear ciertos impactos, en este caso, he de decir que no soy su más grande fan. Estas definiciones juegan el mayor papel dentro de esta obra teatral, pues se encargan de sembrar un discurso de odio y abrirle paso a la misoginia, pero a su vez, “idolatran” a la mujer, o mejor dicho, y en palabras realistas y dolientes, nos ven como trofeos u objetos de su consumo. Nos han enseñado desde pequeñas a desarrollar ese instinto de paranoia, esa enfermedad con la que aprendes a convivir, en un campo de guerra se nos entrena para no bajar la guardia, y por desgracia, no hay ningún comportamiento anormal en ello, “La niña ya sabe que calladita se ve más bonita”, “De seguro le ha pasado eso por la ropa que llevaba, no le enseñaron a cerrar las piernas”, “Qué bien que cocines, así ya estas lista para el matrimonio”, “Teniendo relaciones sexuales antes de casarte ya no te tomaran en serio”, “El hombre llega hasta donde la mujer lo permite”. Qué sociedad tan denigrante, un día caminas por la calle esperando llegar a casa a salvo, con las llaves en la mano listas para el ataque, y otro día, eres cosificada por tu estructura femenina. No hay un más o un menos, solo existen conductas alimentadas detrás de cientos de ideas, llevadas desde posturas políticas, religiosas y conceptos idóneos en el machismo, que se elevan de sobre manera creciendo como hierba mala y regándose con euforia por parte de un sistema patriarcal.
En un mundo así, la idea presente de la misandria hacia la misoginia, no suena tan descabellada si me lo preguntan. Sin embargo, no creo que sea la respuesta, y si se me cuestiona cuál es entonces, habré de decir que no tengo idea.
“La construcción patriarcal de la diferencia entre la masculinidad y la feminidad es la diferencia política entre la libertad y el sometimiento” – Carole Pateman, política y feminista.
Que difícil se ha mostrado abrirse paso y correr entre la maleza semental, que se alimenta y crece de ideas que a un chiflado se le ha ocurrido imponer, un ser masculino sin rostro que te ordena trabajar la tierra donde el mismo se encargue de sembrar lo que te acabará matando.
Deja un comentario