Por Marla Shaden Leos
Con la luna jugué, revoloteé y mis penas le conté,
le confesé lo mucho que la admiraba por brillar estando sola.
Ella solo brillo aún más y más estando ahí,
tan hermosa como siempre,
en el cielo de aquella eterna medianoche.
Mis penas y cantos podían oír,
pues ella mi corazón hacía latir,
sí tan solo pudiera verse un momento,
se daría cuenta de lo linda que es.
¡Qué bonita se mira ahí!
En espera del amanecer, para irse a perecer.
Una cucharada de muestra de amor para aquella hermosa esfera en el cielo
que con su luz me alumbraba y me atolondraba.
Que con el eco de la opaca noche me arrulla y embulla
entre sueños con su manto de luz.
Si supiera lo hermosa que se ve,
estando así,
tan sola sin alguien a su lado que le diga lo contrario.
Pues en mi sueño, es algo que con empeño logro,
salgo desde mi ventana cabalgando para acompañarla
tan reluciente en la notoria negrura del cielo cuál estrella.
Recuerdos van, recuerdos vienen, la luna
siempre observa y su callar conserva.
Miles de estrellas en el ancho firmamento,
tanto como corazones latientes en la tierra viviente.
Qué bonita eres tú, Luna.
Que con su esencia nos deja la impaciencia de admirarla
florecer de entre la lúgubre oscuridad cada anochecer.
Qué bonita eres tú, Luna.
Mi bella y eterna consejera que con su presencia me acorteja.
Siempre estando distante y brillando cual luz en el corazón.
¡Qué bella eres!
Que tú, siempre que te dignas a pasear
sales a caminar para observar el ancho mar.
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